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Promesa

Espere nuevas miradas aBaneras... o "la misma mirada", pero más frecuente, próximamente, desde esta "parte"...

Este blog parece abandonado a su suerte en su orilla del Rin, justo al frente de la “costa-aBanera”, pero no lo está…

Su “Ghostwriter” sólo tiene que re-acomodar sus tiempos, acostumbrarse a decir más con menos, tomar lecciones de los epigramas de Galeano o del recién descubierto blog de un viejo compañero de Universidad… y recuperar lectores conocidos y Ghostreaders extraviados.

I´ll be back!

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„This is America, ma’am, you can have everything you want“

Crónicas de un viaje a Miami − I Parte

Hace un mes volví de La Habana. En las radiocaseteras de los taxis y en la pantalla de los reproductores de DVD de diversos centros gastronómicos en CUC sonaba un hit de la Charanga Habanera: “…tú llorando en Miami, yo gozando en La Habana” − Miami, una vez más, como concreción de lo que me gusta llamar “el Alter de nuestro Ego”.

Miami – el Downtown, desde el Vizcaya Station Pedestrian Overpass

Miami, el país

Desde que tengo memoria la flamante metrópoli de la Florida ha estado en boca de la familia, de los líderes políticos, de los amigos, de los libros y los maestros de historia, de la prensa nacional… Para muchos cubanos, la geografía de los Estados Unidos bien podría resumirse a Miami − el resto del país esta más lejos, puede ser muy frío, habla demasiado inglés… Las decisiones políticas se toman en Washington, pero el lobby que las gestiona proviene de Miami. Los insomnes en Seattle, los puentes de Madison, el Sex y la City de New York, CSI Las Vegas, todas las películas del sábado o las de Tanda del Domingo parecen provenir de otro país. No de Miami. Allá se refugió la aristocracia de la isla en los ’60 − a esperar que cayera Fidel Castro. De allá vinieron “los mercenarios” de Playa Girón − a tumbarlo. Allá está “la escoria” que se marchó por el Mariel en los ’80. Allá fueron a parar “los balseros” sobrevivientes de los tiburones y de Guantánamo en los ’90. O los que se ganaron “el bombo”. Desde allá se emite aquella Radio Martí que mis vecinos sintonizaran en las tardes − clandestinamente. De allá provienen las imágenes de exiliados radicales que transmite la Mesa Redonda, pidiendo que caiga el avión que trae de regreso a Elián González, o que les concedan tres días para matar comunistas cuando caiga el tirano, que Juanes no dé un Concierto por la Paz porque a la isla le faltan libertades políticas. Y hasta allá, de todos modos, querían llegar muchos de nuestros compañeros de estudios de la Universidad, una vez graduados − o incluso antes si se les presentaba la oportunidad. Muy cerca uno podría realizar el sueño: “un carro, una casa… una buena mujer”.

Foto obligada: el punto más al sur de la América del Norte continental

Sólo a 90 millas

El dependiente del Hard Rock Café de Key West lo sabe. A pocas cuadras los cubanos hacen cola para retratarse frente a la boya gigante que marca el punto más al sur de la Florida. Yo he venido también, en el último día de mi primera visita a EE.UU. − que resultó ser directamente a Miami y no a Nueva York como habría imaginado. Desde aquí la distancia es más corta a Cuba que a Miami sólo 90 millas contra más de 150. Le pregunto al dependiente si puedo ordenar aquel jugo delicioso que ha servido a otra muchacha en otra mesa y me sonríe, pícaramente: “Yes, Wildberry Smoothie …This is America, ma’am, you can have everything you want!“

Contra natura

No tengo familia en Miami. Sí algunos amigos. Y muchos conocidos. A veces me parece que la mitad de mi generación vive allí. El Facebook me devuelve fotos de gente de La Lenin, de la Universidad de La Habana, de la Facultad de Matemática, de Comunicación, de Derecho, de Economía, de la CUJAE. El día que una de mis mejores amigas de la Universidad me anunció que se mudaba a Miami estábamos sentadas en el Café Literario de 23 y 12, en el Vedado. Era el inicio de las grandes separaciones geográficas (acaso también políticas) de mi vida adulta. Y lloré unos segundos, disimuladamente. Por una parte nunca le había escuchado planearlo y me tomó por sorpresa. Por la otra, irse a Europa o a América Latina ya había sido aceptado entre los amigos (como una alternativa económica de peso político soportable) la primera vez que alguno lo planteó como posibilidad. Pero irse a Miami parecía casi contra natura − contra la natura del animal político que habíamos sido.

Ella sería feliz

…Lo demás no importaba demasiado. Cualquier juicio político a esas alturas era sencillamente confuso. Ella tenía el convencimiento todavía inseguro de que la esperaba una vida mejor. El mismo de otra amiga que viajó por asuntos de trabajo a México y cruzó la frontera para encontrarse con su amor cubano-americano. O el de los que se vinieron en lancha y limpiaron pisos y trabajaron en la construcción mientras las cosas tomaban su nivel. O el del que se perdió el nacimiento de su primer hijo por llegar un año más tarde que su esposa − que navegó embarazada y clandestina. Cualquiera de ellos confirmaría la sonrisa pícara de mi dependiente del Hard Rock Café. Unos porque el gobierno cubano les prohibe volver y se resignan, pues en definitiva: “este es el mejor país del mundo, el del cielo más azul y las playas más lindas” . Otros porque alcanzaron el tope de sus aspiraciones o lo avizoran. Otra porque el amor resultó cierto y tuvo un hijo: “porque las cosas buenas cuestan caras”. Mi amiga porque se acaba de casar felizmente. Porque fui a su boda. Porque pudo planearla sin escaseses. Las quinceañeras porque a falta del Hotel Nacional de La Habana tienen al Vizcaya Museum & Gardens y más recursos, para mantener aquella tradición anacrónica de presentarse como “señoritas casaderas” en sociedad.

Fotos de Quince en el Vizcaya Museum & Gardens

“Este país”

Cuando hablan de su país de acogida, la mayoría me habla en realidad de Miami, que sigue siendo en cierto modo la encarnación del país y del mundo exterior a la isla porque aún no han viajado demasiado. Dicen “este país” y noto una referencia a lo ajeno pero − a fuerza de tener que elegir entre nuestro Alter y nuestro Ego − también dicen “nosotros” y se incluyen en la población y el orgullo nacional. La bandera de EE.UU. ondea múltiple por todas partes, en los edificios públicos, en las empresas, en los hoteles. En sus casas algunos cubanos ponen una pequeñita junto a la cubana. La calle es prácticamente bilingüe. Y aunque en el corazón del Downtown sólo parece hablarse inglés, son muchos en la ciudad los que hablan además español, o sólo español. Muchos letreros están adicionalmente en el creole de la comunidad haitiana, que parece haber adquirido dimensiones considerables.

Everything I want?

Yo tengo el convencimiento de que no podría vivir allí. Algunos sentimientos me siguen pareciendo contra (cierta) natura. Pero estoy de visita. Así que logro disfrutar la ciudad, hacer “sociología del baile” y descubrirle un sentido propio al “you can have everything you want”. Me resisto a la certeza de todos de que uno no puede moverse en Miami sin auto. Descubro el transporte público: Metrobuses, Metrorail y Metromover desmienten mi desamparo de “turista de a pie” y me dejan trasladarme a/desde zonas más alejadas de la ciudad. El Metromover es gratis y tiene tres líneas que se cruzan y avanzan colgadas de un sistema aéreo por sobre todo el Downtown. Desde arriba puedo ver el Skyline, el Miami River y bajarme en cuanto avisoro el mar, cerca del puerto, en Bayfront Park. Me encuentro una playita ínfima, donde la gente se refugia después del trabajo: una joven lee, otra mira al horizonte, un muchacho escucha música rodeado de palomas y se mueve con ritmo, sentado.

Playa pequeñísima en Bayfront Park – cerca del Puerto de Miami

Cerca del desagüe de un restaurante aparece una manati con su cría y recuerdo la ternura que las imágenes de ese extraño mamífero en peligro de extinción nos provocaban en la escuela primaria. Caminando sin rumbo por Flagger Street escucho Jazz, en vivo. Tengo delante una esquina de La Habana, un centro comercial llamado La Época. Conserva la misma arquitectura, la misma identidad visual de su homólgo venido a menos en La Habana. Sus dueños fueron dueños antes al otro lado del mar. Es martes y los martes es día de mojitos. En una acción de promoción de ventas un trompeta, un guitarra y un percusión cubanos improvisan una Jam Session y yo tomo asiento, mojito gratis y disfruto la descarga.

Bonn,
Diciembre 2, 2009