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“Nosotros, los nostálgicos del Oeste”

Sobre "oestálgicos" u "occidentálgicos" - la edición 40 del semanario alemán Der Spiegel, en el 20 aniversario de la caída del Muro de Berlín, Octubre de 2010 (*).

Yo no era para nada amigo de La Reunificación. Eso tengo que admitirlo, en primer lugar. Por mí no tendría que haber ocurrido revolución alguna. Yo tenía 14 años y, en lo personal, aquello no me reportaba absolutamente nada. Si es que no nos podía ir mejor en aquel tiempo, en Occidente.

No era mi fiesta

Todavía recuerdo como si fuese ahora lo que sentí aquella noche, cuando cayó el muro. Estaba solo, sentado frente al televisor, y tuve que echarme a reír sin poder alegrarme. La cámara mostraba a la gente celebrando, gente que me resultaba totalmente extraña. Llevaban camisas a cuadros, chaquetas de mezclilla y – lo mismo hombres que mujeres – un corte de cabello unisex: extremadamente rizado y un poco más largo por detrás. El look de un pudel. O así lo veía yo entonces. Sus ojos brillaban, algunos lograban incluso reír y llorar al mismo tiempo.

Yo no entendía la euforia de aquella gente y el televisor no quería cambiar de canal. Aquella alegría me parecía patética, me hacía sentir incómodo. Suponía que habría sido correcto alegrarse con ellos, que alegrarse era casi una misión de relevancia nacional. Pero no podía, no era mi fiesta. Los pudel celebraban y yo me metí a la cama.

“La hora de mi generación”

En realidad, esa debía haber sido la hora de mi generación. Cada generación necesita de ese gran momento histórico propio, que la provee de historias que contar el resto de la vida. Nuestros abuelos habían tenido su guerra mundial, sus relatos escalofriantes de los refugios antiaéreos y trincheras, de camaradería y muertes. Nuestros padres y maestros había tenido su pequeña revolución, su 68, y ahora podían contar por el resto de sus burguesas vidas, cuán rebeldes habían sido y – de paso – lo fácil que era entonces tener sexo.

Sólo mi generación carecía hasta entonces de guerra alguna o gran actividad sexual que contar. Parecía ahora, sin embargo, que había llegado la hora de una nueva generación, algo grande brillaba en el horizonte de la historia universal. Pero a mí, lamentablemente, solo delante de mi televisor, en lo profundo de Alemania occidental, aquellos acontecimientos no me conmovían.

Mea culpa, nostra culpa

Ahora que La Reunificación cumple 20 años y una vez más crecen las críticas porque somos todavía un país dividido, porque sabemos muy poco los unos de los otros, porque no nos interesamos los unos por los otros, es la hora de asumir la responsabilidad. Me reconozco culpable de ignorancia, en forma grave y continua.

Que nosotros – los alemanes – no estemos aún realmente unificados, no es sólo culpa de los nunca conformes y siempre refunfuñones alemanes del Este. Ellos tienen la culpa también, por supuesto, pero su culpa es tan grande como la nuestra, con nuestra occidental ignorancia.

Cuando cayó el muro yo no no sabía absolutamente nada sobre la gente del Este y tampoco tenía ningún interés en saber sobre ellos. No me parecía que tuviéramos nada que ver unos con los otros, que perteneciéramos a algo común. Con gente como yo ha sido difícil crecer juntos.

Lo mismo que el Congo…

Por supuesto que nuestro desinterés tiene razones, circunstancias atenuantes, digamos. Basta con recordar, sencillamente, cómo crecimos la mayoría de los alemanes occidentales.

Yo soy un hijo de la Bonner Republikla República de Bonn–, crecido en Bergisches Land, en el lejano Oeste de la república. Tuve una juventud con capitalismo renano y “sauerbraten” renano. Nuestra atención estaba totalmente orientada por entonces, en los años 80, hacia Occidente. Llevábamos los jeans de Occidente, oíamos las canciones de Occidente, veíamos las películas de Occidente, soñabamos los sueños de Occidente. La República Democrática Alemana (RDA), en cambio, quedaba para nosotros en el mismísimo corazón de las tinieblas. Emocionalmente, tenía para mí el mismo estatus que la República Democrática del Congo.

Con el club de fútbol habíamos viajado a Inglaterra, con los de mi clase a Francia, en las vacaciones a Austria y, en años de vacas gordas, incluso a España. Me sentía conectado con esos países y sus habitantes: con los españoles, con los italianos, con los franceses y –a pesar de su mala fama– hasta con los holandeses. Al menos sabía algo sobre ellos, entraba en contacto con ellos.

Ni visitas, ni chocolates

Holanda, por ejemplo, estaba a un paso y ofrecía –además de cuidados campos de minigolf– hermosas playas. Adicionalmente, estábamos rodeados de holandeses, pues éstos tenían la costumbre de plantar sus carpas y caravanas junto a cualquier “hueco en la tierra, relleno con agua”.

Con los habitantes de la RDA, por el contrario, no tenía ningún contacto. Mi familia no tenía parientes ni lejanos conocidos en el Este. No había allí nadie a quien hubiésemos podido hacerle una visita o enviarle chocolates.

En cualquier caso, un año antes de la caída del Muro, un tal Rico se instaló como aprendiz en el negocio de productos electrónicos de mi tío. El chico venía de La Zona, decían los mayores, le habían concedido el permiso para marcharse con sus padres.

Pero, lamentablemente, Rico no era muy conversador y, cuando hablaba, yo más bien le entendía a duras penas –Rico venía de Sajonia (cuyos habitantes tienen un fuerte acento y dialecto propio). Así que aquello no bastó para que yo pudiese alegrarme por Rico y por todo su pueblo en el otoño de 1989.

A la mayoría de los colegas de mi generación, en Frisia Oriental, en la Llanura de Münster, en Suabia o en Algovia, les pasó lo mismo. Todo aquel que hubiese nacido en Occidente tras la construcción del Muro y no tuviese casualmente una abuela en el Este o no hubiese crecido en zona fronteriza, puede haber vivido una juventud libre del más mínimo contacto con el Este.

Según una encuesta, apenas cada tercer ciudadano de la República Federal Alemana (RFA) tenía contacto personal con ciudadanos de la RDA poco antes de la caída del Muro. La RDA era el extranjero, un extranjero bien lejano. Era difícil imaginarse algo más ajeno.

Por primera vez, el fútbol

En las clases de Historia tampoco aprendimos mucho sobre nuestros hermanos y hermanas del otro lado. Mucho más importante era, naturalmente, según el programa, la democracia ateniense y el “Vormärz” alemán (aquel período que precedió a la Revolución de Marzo de 1848 en la Conferederación Germánica).

Incluso al derecho público en el Medioevo le dedicábamos varios meses. Sabíamos todo de la Bula de Oro, pero nada de la Stasi. Cuando llegábamos al final de la Segunda Guerra Mundial, ya estábamos a las puertas de los exámenes de cierre del nivel preuniversitario.

Así que el año transcurrido entre la caída del Muro y la reunificación continué observándolo todo sin tomar partido. Fue en el verano de 1990, después de ganar el Mundial de Fútbol, cuando Franz Beckenbauer prometió que Alemania sería invencible ahora que también los alemanes del Este se nos sumaban, cuando empecé a verle a la reunificación –por primera vez– algún sentido. Lamentablemente, el pronóstico de Beckenbauer se tornó rápidamente fallido.

Ni en la Bundesliga

En los años 90 las cosas continuaron, en principio, como en los 80. Los alemanes del Este suspendieron su euforia y nosotros, los “wessis” tuvimos nuestra paz de vuelta. Para nosotros, a primera vista, cambió muy poco.

Pudimos conservar nuestros servicios odontológicos financiados por las cajas aseguradoras. También las jubilaciones permanecieron aseguradas. Los alemanes del Este no pudieron cambiar siquiera el estrictamente planeado calendario de la Bundesliga – hasta hoy, la vieja República Federal sigue desarrollando allí, sin inmutarse, su campeonato occidental.

Que en algún momento nuestra pequeña Bonn haya tenido que dejar de llamarse capital, fue soportable –en definitiva, no es que la ciudad hubiese sido realmente algo del otro jueves.

Generación Reunificación”

Sonrío inevitablemente cada vez que leo en la prensa que pertenezco a la “Generación Reunificación”. El concepto suena tan grande, tan significativo. Pero no tiene razón de ser. Es cierto que vivimos un gran acontecimiento, al menos por televisión, pero no creo que nos cambiase mucho. Al menos no a nosotros, los “wessis”.

Aún hoy, sólo cada quinto alemán occidental tiene amigos en el Este. Y no sé cuán poco me interesaría a mí mismo hoy el Este si hubiese permanecido en mi provincia del interior de Alemania occidental; si no hubiese estudiado luego Historia –en Bonn, pero esta vez con la RDA incluida–; si no me hubiese mudado a Berlín hace diez años; si no hubiese viajado tan frecuentemente por el Este –como reportero o, sencillamente, como visitante de los muchos “huecos en la tierra, rellenos con agua”.

He comprobado que el interés se aprende. Al final la “Unidad” es también una cuestión de perseverancia.

Reunificación y globalización

Pero nuestro desinterés es sólo uno de los factores que, hoy como ayer, nos mantiene a distancia. Desde hace algunos años, anida entre nosotros otra razón: un bien extendido descontento y la consiguiente búsqueda de un culpable.

El 35 por ciento de los alemanes occidentales dicen hoy que la “Unidad” les ha traído más pérdidas que ganancias. En el Este son menos los que lo ven así. El 11 por ciento de nosotros desearía, incluso, la vuelta del Muro. Estamos en camino de convertirnos en “wessis llorones”. Lamentablemente, en general, no se gana mucho con quejarse y, en este caso, ni siquiera tenemos razón. Pues la culpa del actual difícil estado de cosas no puede echársele La Reunificación.

La vida en Alemania se ha vuelto efectivamente más áspera en los últimos dos decenios. No sólo en el Este. También en Occidente. Pero el motivo hay que buscarlo menos en las consecuencias de La Reunificación y más en las de la globalización, nacida e impulsada con la propia caída de la Cortina de Hierro.

La competencia global ha hecho la vida más agitada y menos previsible de lo que estábamos acostumbrados los alemanes occidentales en nuestra cómoda Bonner Republik. La globalización ha traído, también al Oeste, el miedo al descenso social.

“Lo mejor que teníamos“

Sólo en retrospectiva se vuelve claro el hecho de que fue mucho más que la RDA lo que se vino abajo en el decisivo año 1989. También la antigua RFA se derrumbó en esas semanas. Sólo que entonces no nos dimos cuenta, porque la fachada de la República Federal quedó intacta, no había muros que pudiesen caer.

A diferencia del hundimiento de la RDA, el de la RFA fue un languidecer silencioso. Era el hundimiento de la república moderada, un orden económico sin grandes exigencias.

Así es que al ya conocido fenómeno de la nostalgia por el Este se ha sumado en los últimos años el de la nostalgia por el Oeste –un estado de ánimo que ha atrapado muy bien el escritor Jochen Schimmang, en su novela sobre la Bonner Republik, “Lo mejor que teníamos” (“Das Beste, was wir hatten”).

“Estálgicos” y “oestálgicos”

Como su prima del Este, la Occidentalgia se alimenta fundamentalmente de dos ingredientes. Por una parte, el recuerdo de un bello y amable pasado, en el que los grandes temas políticos, la Guerra Fría o Chernóbil, eran demasiado grandes como para tener algún vínculo con nuestra vida diaria. Por otra, las difíciles, en parte frustrantes experiencias de los últimos 20 años. El sentimiento florece sobre todo donde reina el descontento, la sensación de quedarse corto, a la zaga.

Ambas, tanto la “nostalgia por el Este” como “la nostalgia por el Oeste”, tienen algo de desesperación. Tratan de reprimir el presente con la mirada al pasado. Sólo cuando nosotros, los “wessis”, aceptemos que el reto que enfrentamos (todos) los alemanes es el mismo, seremos “un pueblo”. Y quizás hasta Franz Beckenbauer llegue a tener razón.

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(*) Este artículo apareció originalmente en idioma alemán en el Nr. 40 del semanario Der Spiegel, 04.10.2010. Su autor, Markus Feldenkirchen, sería para muchos alemanes un “Wessi”. Nació en 1975, en Bergisch Gladbach, a unos 10 kilómetros de Colonia, al oeste de Alemania. Estudió Ciencias Políticas, Historia y Literatura en Bonn y Nueva York. Se graduó además de la Escuela Alemana de Periodismo, en Múnich. Trabaja como reportero y redactor en Berlín y escribe para el semanario Der Spiegel desde 2004. A propósito del 20 aniversario de la (re)unificación alemana, el pasado 3 de octubre, la revista publicó lo que parece una respuesta al “no tienen ni idea” de Stefan Berg – un “Ossi”, nacido al Este de  Alemania, a quien tradujimos en un post anterior. Ambos autores pertenecen a lo que algunos llaman en Alemania “Generación Reunificación”.

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Alemania, ¿bien vale una fiesta?

Érase una vez... el muro

Este 3 de octubre se conmemoró por acá el 20 aniversario de la “(re)unificación” alemana… “Dos mentiras en una palabra”, aseguraba Thomas Brussig – un “Ossi” (o antiguo ciudadano del Este) – en un número de la revista Cicero que encontré por casualidad en una cafetería el año pasado.

El autor de “Am kürzeren Ende der Sonnenallee” – el libro sobre el que se basa “El callejón del sol” (1999), la película –  aludía entonces al 20 aniversario de la caída del muro, el 9 de noviembre de 1989, y sostenía que las dos Alemanias no se unieron en un nuevo proyecto de país, sino que la antigua RDA se adhirió a la antigua RFA sin refundar el proyecto nacional, que el país aún hoy no es uno y que no lo fue nunca antes en la forma actual.

Quizás halle tiempo para traducir ese artículo y otros dos que publicó hace poco el semanario Der Spiegel – el pasado, el presente y el futuro vistos por un ex “Ossi” y un ex “Wessi” – y dejar aquí un poco de “las mejores” cosas que creo haber leído sobre el tema por estos días, o sea, de las que más se parecen a mi propia verdad (o mi propia mentira).

Hoy empiezo con unos flashazos del diario TAZ, que  hace semanas se adelantaba a la celebración  convocando a sus lectores a debatir una pregunta: ¿Se ha ganado Alemania una fiesta? Como entre el resto de los alemanes que conozco, cada quien tuvo y tiene su propia respuesta, su experiencia personal, sus simpatías/antipatías partidistas, su proyecto de país. Aquí les dejo dos, un sí y un no:

Armin Petras, 46 años, director de teatro, guionista y director del Maxim Gorki Theater, en Berlín: festejar es algo cotidiano: siempre hay alguien de cumpleaños, que ha ganado algo o que trae consigo algo para beber. Los “días festivos”, sin embargo, son una construcción ideológica absurda, para unir a un grupo conformado aleatoriamente en una comunidad de destinos y creencias, que el grupo no constituye verdaderamente. El 7 de octubre de 1989 se celebró con gran pompa una RDA que ya no existía. El 3 de octubre de 2010 se celebrará una unidad que no existe. En vistas de que el único momento de “unidad nacional” en la historia alemana le costó la vida a 50 millones de personas, quizás esto sea incluso consolador. Pero, ¿festejar? Recordar es trabajar por el presente: combatir las contradicciones, perseguir la complejidad. Recordar, en este sentido, debería ser algo cotidiano y no el programa para un día festivo. Sería un sueño poder renombrar el “día festivo” (Feiertag) como día libre (freier Tag): un día libre de Alemania, libre de discursos, libre de eventos, en el que no tengamos que ser “un pueblo”, sino que podamos ser sencillamente población. Así tendríamos tiempo, el resto de los 364 días, para seguir buscando un lenguaje político y social común, una idea de convivencia que no necesite el título de producción “Alemania”.

Magdalena Tulli, 54 años, escritora polaca, “Esta vez” (“Dieses Mal”) es su último libro publicado en alemán: eventos afortunados, victorias no sangrientas, deben festejarse. Los lindos momentos tienen vida limitada. Un aniversario o también un día festivo nacional debe servir para recuperar la memoria sobre lindos momentos, para dar fuerza a la gente y confianza en el sentido de la vida. No como en mi país, Polonia. Nosotros sólo festejamos aniversarios de derrotas. Mientras más terrible la derrota, más grande el festejo. En Polonia pensamos a menudo sobre si el mundo sabe realmente que no fue la caída del muro la que liberó a esta parte de Europa. Pues, desde meses antes, en junio de 1989, el partido gobernante en Polonia perdió las primeras elecciones medio libres en el entonces bloque socialista. La caída del muro se convirtió en símbolo de la unidad de Alemania y Europa, porque esas escenas increíbles de la gente de ambos lados del muros abrazándose tocaron bien hondo los corazones. Muchos de nosotros se alegraron con los alemanes, aunque también muchos se asustaron. Los años pasaron. Se hizo evidente que no había de que asustarse. Nunca olvidaré las imágenes de la caída del muro. Aunque no las ví el 3 de octubre, sino el 9 de noviembre, el día del aniversario de la “noche de los cristales rotos”.