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Koniec

Koniec...

Alguien muere, alguien viaja, alguien se muda, alguien se levanta con el corazón en otra parte (o en ninguna).

Alguien baja las escaleras y no vuelve.

Alguien se mece por última vez en el sillón que ya no comprarán juntos un día lejano.

No hay viajes “de la tierra al cielo”. Canceladas las idas y las vueltas. Siete veces. Azules.

Recuerdas – recurrente – que “En Almería casi nunca llueve”.

Pero en La Habana no para. Y en Bonn. Y en Marte.

Te quedas parada bajo el aguacero. Truenos, relámpagos, centellas. Un bloque de granizo de tres toneladas.

Te falta el aire. Tendrías que salir corriendo, gritar a todo pulmoooooooooooooooooooooooooooooón.

Pero cae justo sobre ti.

Te aplasta.

——–

“No se sabe cómo, pero termina el amor en un momento… Es un tema, ¿no? es el concierto”

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A veces. Sólo a veces. En el ascensor.

I

Él le anuda la blusa. Le roza la cintura cuando nadie mira. Y ella se asombra. Sonríe. Se pregunta qué quiere decirle con el nudo.

Afuera Ana María cruza la calle. Escribe un correo. (Electrónico). Un e-mail. Quiere volver.

Nadia, dentro, sueña con Theo. Y también se escriben mails. No quiere irse. Theo va a aparecer un día por la puerta. Vendrá. Con una frase cursi. Trascendental. (En inglés).

Claudia canta en el coro. Monta en moto. Hace el amor en el pasillo. En la barbacoa de madera. Cruje. Su madre, abajo, cocina. Trae condones del trabajo. Quiere que se hagan la prueba del sida. (¡Ella también!)

Él no sabe exactamente qué quiere decirle con el nudo. No sabe qué se dice a sí mismo. Pasa a tomar café. Toma más café que nunca. La busca. Y ella pasa también. Se queda. Toma café. Sonríe. Se inventa un pretexto para volver. Un recado. Un eufemismo. Uno cualquiera: una tarea inútil, un par de hojas para no escribir nada.

Nadia lo echa de menos. A Theo. Imprime una foto donde no se ve. Apenas se intuye. La mira. Sonríe. Recuerda. Están desnudos. Van a hacer el amor. No pueden. Se visten. Se van. Se pierden. Se escriben un correo. Otro. Se pierden.

Ana María no va a volver. Todavía. Los hijos de puta cerraron el contrato.

Claudia no cree en Dios. O sí. No sabe. “Santa María, madre de Dios…” Va a la Iglesia. Hay paz. Le hace bien, “…ruega por nosotros pecadores”. Afuera la gente se golpea para entrar. Se reparten la nada. No alcanza. Se golpean. Sangran. Pero allí dentro hay paz. Cambia de trabajo. Va a tener éxito. Sueña. Será famosa. Filmará una película. Habrá una Iglesia. Paz. Una moto. Los protagonistas harán el amor.

Ellos irán caminando. Una tarde. Una noche. De madrugada. Otra tarde. Semanas. Una esquina antes caminarán más despacio. No querrán que llegue el semáforo. En la esquina, en el segundo piso, un “mirahuecos” eterno, aburrido, los verá. Dos veces. Tres. Una tarde. Una noche. De madrugada. Otra tarde. Semanas. Se acostumbrará a esperarlos. Sonreirá. Adivinará en qué paso caminarán más despacio. En qué segundo ella mirará hacia atrás. Querrá verlo de nuevo, de espaldas. Quizás… No lo encontrará. Se irá desilusionada. Justo en el instante en que él también mirará. Y pensará que ella no ha mirado todavía. Que no va a mirar. Y se irá. Desilusionado. (También).

II

Pasan los créditos. “Play it again, Sam”. Un hombre al fondo se masturba. No quería. Pero ha entrado al cine. Demasiado desamor. Meses. Años. ¡Un tiempo enorme! Ellos lo ignoran. Él la besa y ella trata de no besarlo. (Apenas). Se arrepiente. Planea besarlo la próxima vez. Escapan a una librería. Ella compra un libro a escondidas. ¡Qué bien besa! Lo dedica. “En Almería casi nunca llueve”. Pero en La Habana. Ensayan una escena cualquiera de esa película. No escampa. El protagonista le roza la palma de la mano. Con fiebre. Un segundo solo. Siempre. Y parece que van a salir volando. Por sobre el parque. Casi. En piezas. Por los aires.

Claudia no entenderá. Ella también oyó voces. Se perdió antes. Hizo otra película. Tres. Malas películas. Pero no las recuerda.

Sólo Nadia parece entender. Aguantar la respiración. Lanzarse. Esta película va a tener éxito. Serán felices. Theo vendrá, dice. O no vendrá. Cae (calla). Va a quedarse en la niebla de Bruselas. En el parque. Viendo como Nadia echa a andar. Regresa. Será apenas una dirección electrónica: el extremo de algún cable. En Montreal. Huérfano. Huérfanos. Acaso amargamente felices.

El “mirahuecos” se aburre. Tiene un humor de perros. Los espera. Confunde a dos que caminan despacio. A medianoche. Cruzan el semáforo. Siguen de largo. No se despiden. No paran. No miran de lejos con nostalgia de segundos.

Ana María es el futuro. No sabe si va a venir. Quiere. Se parece al pasado. “Esa mujer se parece a la palabra nunca”. A “siempre”, “mejor”, “más”, “quizás”, “por fin”.

Ellos, mientras tanto, se han quedado en el cine. Después de los créditos. Burlan la linterna de la acomodadora. Él juega con el nudo. Con la blusa. Leen un poema. La besa. Es la próxima vez. Y ella también lo besa. Cierran la blusa. Y la acomodadora cierra el cine.

III

En el parque todas las películas pueden ser. Y ninguna. Todos los poemas, todos los rezos, todos los guiones, todas las bandas sonoras se oyen a la vez. Y ninguna. Cada una parece demasiado. (Demasiado-poco). (Demasiado-mucho). Besarse. Otra vez. Más veces. Hacer el amor. Salir gritando. A todo pulmón. Por la avenida. Demasiado (Mucho). Besarse. Hacer el amor. Una vez. Apenas una vez. A escondidas. Demasiado (Poco). Volver al cine. No salir en tres días. Nunca. O en dos horas. O montar un taxi y no parar hasta las afueras. Demasiado (¿Mucho?) (¿Poco?).

Y Theo que llega en avión. Sin avisar.

Claudia que gana un Oscar. Un León de Oro. Un Oso de Plata. Que sube a buscarlos. En moto. Que los dona a la Iglesia. Que gana un Nobel de la Paz. Y entiende.

Nadia que aplaude. Llora. Vomita de emoción. Se desviste. Hace el amor. Por fin. Con Theo.

Ana María que firma un contrato. Y vuelve.

¡Pe-lí-cu-las!

Theo no vendrá. Nadia vomitará otra emoción. Y otra. Y otra más. Quizás la última. Hará otro amor. Por fin.

Y Claudia no entenderá. No ganará un Oscar. Ni un León. Quizá otro animal. U otro premio. Un buen salario. Un buen puesto. Un nombre en la farándula local.

Y ellos no van a besarse. No harán el amor. Ni una vez. Ni más veces. No entrarán al cine. No montarán un taxi. No abrirán o cerrarán nudos. No tomarán café. No lloverá o escampará. Ni en Almería ni en La Habana. Ella va a despertarse un día y verlo claramente. Va a quedarse en casa. Hará café. Verá dormir a otro a su lado. Será feliz. Y a esa misma hora alguna Ana María vendrá. A ser certeza. A quedarse con él. Que también será feliz. Tal vez. Un tiempo. Al menos un tiempo. Corto. Quizás largo. Acaso toda la vida.

IV

Pero a veces. Sólo a veces. En algunos edificios de Almería. O de La Habana. En silencio. Sin banda sonora. Ellos. Nadia y Theo. Claudia y los Leones. Coincidirán por un segundo. Unos pisos apenas. En el ascensor. Mientras una niña se baja en el seis. Al fin solos. Y la puerta se abre en el once. Se besarán. Corta. Asustada. Oculta. Dolorosamente. Y bastará para perder el sueño. Esa noche. Al menos esa noche. Tomar aire. Y perderse de nuevo. Un tiempo. Al menos un tiempo. Corto. Quizás largo. Acaso toda la vida.

La Habana

Septiembre, 2006