La Habana menos yo

(o yo menos La Habana…
“que no es lo mismo, pero es igual”).

A finales de año, este diciembre, me encontré por segunda vez con un nuevo amigo alemán: un muchacho de nuestra edad que me recogió un día en la calle, a inicios de año, después de que me cayera estrepitosamente de una bicicleta que me habían prestado para moverme por la ciudad.

El pavimento estaba mojado, y yo necesitaba llegar a tiempo a algún sitio, así que quise adelantar a un señor mayor que no se apuraba pedaleando. Era de noche. Crucé por encima de la línea del tranvía, resbalé y aterricé.

Stefan, mi nuevo amigo alemán, había acabado de parquear su carro a unos pocos metros y creyó que tenía la culpa de mi aterrizaje forzoso. El señor comprobó que yo estaba viva y se fue. Pero Stefan me arregló la bici (se había soltado la cadena), se aseguró mil veces de que no me hubiese roto nada y me insistió en llevarme a casa con bicicleta y todo.

Primero me hice la valiente e insistí en que todo estaba bien, pero al rato acepté, pues realmente no creo que hubiera podido subirme en dos ruedas de nuevo. Me temblaban las manos y me aterraba la idea de volver a enfrentarme al tráfico. Así que nos montamos Stefan, la bici y yo… y la emprendimos de vuelta por donde me había venido.

Por el camino descubrimos que Stefan hablaba perfectamente español, pues había trabajado tres años en España. Seguimos hablando mitad español, mitad alemán. Intercambiamos datos de contacto, una cosa que yo consideraba imposible en Alemania entre personas esencialmente desconocidas (debo confesar que al inicio me preguntaba como se conocen o se enamoran los alemanes). Pues sí: acordamos que nos encontraríamos en Bonn o en La Habana (yo estaba a punto de regresar a La Habana) para tomar un café.

Al llegar a la casa estaba todavía asustada, pero igual sentía una alegría, un guiño pequeñito por dentro: Stefan era como un emisario de La Habana. Yo me había sentido como allá, donde cualquiera te habla en la calle, te cuenta su vida, te “tira un cabo”, te “da botella” (bueno, al menos muchos más “cualquiera” que aquí… o yo tenía esa impresión).

Luego intercambiamos un par de correos de agradecimiento, me robaron la bicicleta en la Estación Central, y no nos tomamos aquel café ni en Bonn ni en La Habana. Al menos no hasta mi vuelta a Bonn en octubre. Ahí finalmente nos tomamos el café, o dos cafés. Conversamos por horas, sin silencios incómodos, sino así como converso en el Parque de G, en la cafetería del Castillo de Jagua, cuando me escapo de la Facu para diletar con los amigos. Y fue nuevamente como sentirse en La Habana, que es la métafora de estar en casa, de las cosas buenas que me pasan. Síiiiii, ya sé que también pudiera ser la metáfora de los malos ratos, pero la nostalgia no es así. Y yo elijo decir “es como si estuviera en La Habana” cuando encuentro amigos queridos, que incluso hablando y sintiendo en alemán me hacen sentir que podríamos estar en La Habana, que por un segundo, porque ellos existen, porque se dejan abrazar y no me dan la mano de lejos (como es usual aquí), La Habana no me falta.

La segunda vez que nos encontramos, con Stefan, en diciembre, nos fuimos a comer comida típica alemana. Y conversamos por horas otra vez. Entre un cocido de col verde y un trozo de Bratwurst mi nuevo amigo alemán quería saber, en español, si yo no extrañaba La Habana… Y ahí como siempre, recordé a Isabel: „Yo camino por la Habana y yo siento que la Habana es mi lugar“. La frase no es mía. Sino de Isabel Santos, que ha sido muchas mujeres y caminado por muchas Habanas en algunas de las mejores películas cubanas de las últimas décadas. Es su respuesta a la última pregunta de aquella entrevista. Con ella abrimos la primera temporada de un programa con el que queríamos “pensar la cultura, la política, la sociedad cubana, en 27 minutos de televisión”…

Siempre que me preguntan siento que Isabel es perfecta para resumir lo que extraño de La Habana: un inventario de personas, sentimientos, (c)olores, sonidos, lugares de la ciudad, momentos, deseos (sobre todo deseos). Una lista enooooorme que se resume en ese sentido de pertenencia, en las claves para entender lo que pasa y lo que no (para no entenderlo), en la certeza de haber ganado todos los derechos –especialmente el de pelearme por tantos que gané y no me han sido concedidos.

Ahora a finales de año, a inicios de año, he llamado a mi familia por teléfono, y a una de mi mejores amigas, que se casó sin que yo estuviera en la foto. Esos minutos me han hecho feliz, quizás porque me sentí cerquita. He celebrado la llegada del 2009 abrazando a mis amigos alemanes (que ya son muchos y muy queridos). Pero esa Habana, la de Isabel, me falta. O yo le falto. Esa Habana (por ahora) sí que no… esa no está en todas partes.

Bonn, entre
Diciembre 3, 2008
y Enero 4, 2009

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